No existen lugares felices, existen personas que hacen feliz un lugar.
Este verano vino a visitarme a Puglia una amiga y ex colega que tenía que decidir si aceptar un contrato de expatriación en Asia o en América Latina.
Con ella compartí mi primera experiencia laboral en el extranjero, en La Haya, en los Países Bajos: muchas horas de trabajo en un proyecto, pizzas gomosas comidas a medianoche en la oficina, y los BBQ cerca de los canales en las largas noches de verano con otros expat.
Mientras almorzábamos, entre un recuerdo y otro, con mariscos y un vino rosé Furia (mi favorito), me dijo una frase que me impactó:
“Si tuviera el mismo equipo de trabajo que teníamos en Holanda, podría trabajar en cualquier lugar.”
Sonreí, porque yo también lo he pensado muchas veces.
Después de haber vivido en cuatro países, dejé de creer en los lugares perfectos.
He trabajado en ciudades bellísimas y me he sentido sola.
En cambio, he encontrado hogar en lugares que jamás habría elegido sobre el papel (como Chile, por ejemplo).
Lo que nos hace felices no son los lugares: son las personas.
Esas personas que te hacen reír después de un día infernal lleno de reuniones.
Con las que puedes mostrarte cansada, sin fingir que siempre estás motivada o invencible.
Las que te arrancan del computador para llevarte afuera y regalarte un poco de aire.
A menudo, en el trabajo, buscamos la felicidad en la geografía: una nueva oficina, una nueva ciudad, una nueva empresa.
Pero son las relaciones las que construyen nuestro “hogar” y las que hacen que una ciudad o una empresa sean “perfectas”.
El consejo que me nace darte es sencillo: no le des demasiado peso al lugar donde vives.
Invierte en las relaciones.
Porque las personas adecuadas te hacen sonreír y sorprenderte en una ciudad que odias.
Te hacen resistir en un trabajo que no soportas.
Y te hacen enamorarte, muchas veces, de la vida y la carrera que jamás habrías elegido.
Te deseo un buen fin de semana,
Silvia